Tuesday, September 04, 2007

mi última nota en Perfil


El título del libro se explica por el obligado reposo nocturno: “De noche –escribe Alberto Manguel–, el orden decretado por los catálogos es meramente convencional; no disfruta de prestigio entre las sombras”. Por lo pronto, la organización interna de La biblioteca de noche es atractiva. Dependiendo de la luz que la alumbre, o del ojo que la mire, Manguel presenta “La biblioteca como forma”, “La biblioteca como poder” y “La biblioteca como imaginación”, entre muchas otras. Edificios, organizaciones alfabéticas y mitos se entrecruzan alrededor de un único tema. Curiosamente, “La biblioteca como sombra”, el capítulo de las antibibliotecas, quizás sea el más acabado. Manguel recuerda que “el acto de leer corre paralelo al actor de censurar” y revisa las colecciones que se perdieron y las que quedaron en el camino por el fuego político, la ignorancia o la desidia. Este unidireccional canto al templo de los libros agrupa y reproduce, entonces, excéntricas históricas y anécdotas varias. El ambiguo valor de las bibliotecas que el potentado Dale Carnegie fundó en los Estados Unidos, el destino de los libros aztecas en las hogueras del arzobispo y editor Juan de Zumárraga, el eurocentrismo implícito del sistema de archivo Dewey forman parte de un repertorio seductor.

La biblioteca de noche, sin embargo, arrecia en tautologías o verdades de perogrullo –“No hay categorías definitivas”, “Toda organización es arbitraria”– y las preguntas retóricas que se hace Manguel son dignas de un obsesivo que aburre: “¿Por qué guardar las obras de san Agustín en la sección de cristianismo y no en la correspondiente a literatura en latín o a civilizaciones de la Alta Edad Media? (...) ¿Por qué coloco a García Márquez en la G y a García Lorca en la L?”.

Por supuesto, otros interrogantes son posibles. ¿El orden en que están guardados los ejemplares afecta en forma determinante la lectura? Este concepto, recurrente y central en el libro, hacen que su protagonista y narrador se nos aparezca como un histérico bibliómano que se la pasa encerrado cambiando los libros de lugar.

Los dos demonios letrados. Aunque escribe en un momento histórico en que la información circula de manera inédita, a Manguel no le gusta la Web. La compara con el infierno de los intelectuales medievales y descree de “esas bibliotecas electrónicas fantasmagóricas acerca de cuya famosa universalidad sigo abrigando un escepticismo moderado”. Pero hay algo más: donde Borges sintetiza –o para el caso, ironiza–, Manguel expande. A veces su recorrido suena impostado. Cansan las alusiones a su excelsa biblioteca personal y no es de extrañar, entonces, que les dé tan poco lugar a Bouvard y Pecuchet, los bibliófilos con los que el malicioso Flaubert se rió hasta la mofa de los enciclopedistas. Si Umberto Eco es un erudito que muchas veces no se toma en serio a sí mismo, Manguel siempre reacciona positivamente a la erudición. Su apuesta no es falsa, pero genera desconfianza y a veces, aunque quizás eso es muy subjetivo, también un poco de tedio.

Prohibido en los ochenta tanto por el régimen comunista cubano como por la dictadura de su país, el escritor chileno Jorge Edwards advirtió, no sin pomposidad, que hay que cuidarse de quienes no disfrutan de la belleza de la literatura. En una extraña reformulación de la “teoría de los dos demonios”, hizo hace poco referencia a que las bibliotecas de Fidel Castro y Augusto Pinochet “eran idénticas y ambas exiliaban a la poesía y a la prosa de su catálogo”. Como agregado cultural del gobierno socialista de Salvador Allende, el escritor encontró libros de historia, ciencias naturales, oceanografía, viajes y navegaciones en la biblioteca personal de Fidel, mientras que el inventario de los libros de Pinochet –historia militar, biografías y mapas– se lo relató una amiga.
¿Qué pensaría Edwards de Leibniz que, aparte de reconocido filósofo y matemático, fue un prestigioso y aplicado bibliotecario y escribió alguna vez que “un tratado de arquitectura o una colección de periódicos vale tanto como cien volúmenes de clásicos literarios”? Manguel cuenta que, en 1945, un grupo de soldados de la 101ª División Aerotransportada descubrió, oculta en una mina de sal cerca de Berchtesgaden, la biblioteca de Hitler. Parte de este extraño botín –apenas mil doscientos libros– fue a parar a la Biblioteca del Congreso de Washington. De los dieciocho mil volúmenes originales, mil eran ensayos de arte y otros mil novelas populares. Había también varios libros de cocina vegetariana.

En 2005, Manguel dijo respondiendo sobre Paulo Coelho y Dan Brown: “No tienen que ver con el libro sino con la industria editorial”. Y agregó: “Los best sellers son al libro lo que el McDonalds al bistec Chateaubriand. Me preocupa que esa industria haya creado valores financieros que nada tienen que ver con la estética, el placer o la ética”. Los caminos de la inclusión y la exclusión –los del libro, su calidad y su acceso– son sinuosos y muchas veces suelen darse vuelta como un guante.

1 Comments:

Anonymous jon! said...

Una lástima que sea la última.
jon!

3:02 PM  

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