Monday, April 23, 2007

La vuelta de un arrebatado

Sobre La ciudad de los locos y otros textos
de Juan José de Soiza Reilly. Adriana Hidalgo, $48.

Hace casi nueve décadas, Buenos Aires producía papel impreso para una masa de lectores voraces que o intentaban escalar la, en ese entonces, accesible pirámide social, o se regocijaban en su presente de extravíos y trabajo. En una sociedad sin televisión, el lugar de lo extremo, lo bizarro y la violencia todavía eran monopolio de la prensa gráfica y los periodistas narraban, desaforados, mezclando su oficio con una dicha digna de la Edad de Oro. Juan José de Soiza Reilly pertenece a esa tradición donde la crónica es el género base de todos los géneros y La ciudad de los locos y otros textos es la antología con el que Adriana Hidalgo viene a reparar su ausencia, imperdonable, de las librerías porteñas.
El libro contiene dos novelas –La ciudad de los locos y Las timberas–, pero también una buena cantidad de artículos de costumbres, relatos y hasta curiosas transcripciones de los programas de radio que el escritor protagonizó en los primeros años de la década del 50. En la primera parte de la novela que le da nombre al libro, Agapito Candilejas se suma a la “patota deliciosa” de Tartarín Moreira, bravo arquetipo del niño bien argentino. Lo que se narra son las “fiestas aristocráticas” donde se disparan tiros en los espejos, se desfondan sillas, rasgan tapizados, y, después de apagadas las luces, se toquetea mucamas de franco. Tartarín también es diputado, y cuando termina su período de legislación, se va a París donde sigue la farra violenta. A la vuelta se hace historiador y renuncia a la patota.
Recién en el quinto capítulo, titulado no sin razón “Empieza la novela”, termina el regodeo en el abuso de los “aristócratas porteños” y Tartarín es internado en un hospicio. Enseguida comienzan las inversiones, las máscaras y todo el repertorio de recursos pirandellianos tan presentes en el Rio de la Plata del Centenario. Los previsibles locos filósofos, la relación entre la patología y la lucidez, crueles experimentos eugenésicos y evocaciones del superhombre terminan en desastres y un Tartarín que, sádico sensual, besa, golpea y profetiza, son las partes de una trama que se va armando de forma arbitraria y desordenada.
Los pliegues del desvarío mental como tema de expresión literaria parecen intratables desde Hamlet. Pero Soiza, que se la pasaba citando a Shakespeare, intenta conjurar el lugar común reescribiendo, parodiando y deformando. A veces logra efectos interesantes, otras no tanto.En el capítulo dieciséis, después de una fuga masiva del manicomio, los locos fundan Locópolis, una ciudad utópica: “La ciudad progresaba... Los albañiles construyeron casas. Eran casas extrañas. Algunas de tres paredes. Otras sin techos. En cambio, las había de dos techos... Varias eran redondas. Cuadradas. De mil formas y de mil estilos. La mayor parte tenía puertas sólo en las azoteas.”
De la mano de la alegoría intermitente, Soiza navega con fantasmas, brujas, venganzas y la posibilidad de reflejar la sociedad en esa inversión a medias, siempre de forma incompleta y ambigua. La robusta afirmación del yo en la escritura, una economía poética del gasto y el derroche, una concepción arrebatada de libertad estética, hacen por momentos que Soiza sea el autor más desprolijo del siglo XX argentino. Su estilo incomoda hoy más que sus anacrónicos planteos morales, el gusto por escandalizar y sus grandilocuentes denuncias y quizás sea la verdadera causa de su ostracismo editorial. Al leer los prólogos a sus libros se comprende que Soiza era plenamente consciente de estos notorios desajustes y que lejos de someterlos, los refregaba y revolvía en claro acto de indisciplina que privilegia la potencia antes que todos lo demás. En el prólogo a La ciudad de los locos, fechado en abril de 1914, escribió: “Aquellos que para comprender a un personaje necesitan descripciones prolijas se horrorizarán. Los que para compenetrarse de la vida de los protagonistas novelescos han menester de la cronología, de la claridad, de la lógica y de la simetría deben encerrar este libro bajo llave.”
Soiza sabía que la lucha de clases es el motor de la historia y la Argentina que le tocó vivir tenía una formidable caja de cambios con cinco marchas y reversa. Una ansiedad y un patetismo, que si rozan el ridículo, nunca deja de ser atractivos, recorren su escritura. ¿Qué relación tendrá Soiza Reilly con los lectores del siglo XXI? Nadie puede saberlo, pero su producción escrita es candidata a eslabón perdido y pelea con traquilidad, por complejidad, calidad y volumen, los primeros puestos de la literatura moderna argentina.

1 Comments:

Blogger Fernando said...

Hola, quería consultarte si era posible que tomáramos para nuestro sitio www.autoresdeconcordia.com.ar los artículos que publicaste sobre Soiza, ya que queremos hacer un Rescate de su obra.
Gracias.

5:48 PM  

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