Tuesday, February 27, 2007

cartas al duque (sesenta y cuatro)

Querido duque,
La pileta inflable de la beba quedó afuera y la lluvía la lleno de agua y de hojas. Yo estoy releyendo cosas que escribí hace dos años y hace dos días, y tienen la misma pátina de irrealidad y sin sentido. A veces escribimos bien, a veces mal, a veces masomenos, pero todo lo que quedó atrás se vuelve un poco ajeno en los aciertos y demasiado íntimo en los errores. ¿Qué me espera en el subte que dentro de un rato tengo que tomar para ir hasta la redacción? ¿Los imposibles paraguas asesinos? ¿La gente de mal humor? Make me a mask como decía Dylan Thomas, creo. Ayer, querido duque, Nakis, mi amigo griego nacido Wuppertal, Alemania, pasó por casa con un vino que apenas probó y nos contó que se va para Chile a trabajar en una especie de embajada comercial. Que Dios lo bendiga.
Saludos,
Terra.


Monday, February 26, 2007

consejos para el lunes


Sunday, February 25, 2007


Jorge Fantoni, aparte de ser uno de los más importantes dibujantes del momento, también hace críticas de cine.

recomiendo

Hola. ¿Cómo estás? Si no tenés nada que hacer, leete la mejor columna de opinión que, hasta el momento, publicó el suplemento Cultura del Pasquín de la Erratas.

Saturday, February 24, 2007

Juan José Soiza Reilly y Gomez de la Serna

Thursday, February 22, 2007

Hoy este blog cumplió dos años. Felizcumple.

cartas al duque (sesenta y tres)

Querido duque,
El aburrimiento me empuja a la verborrágia. Mala cosa. Pero peor es que se te cuelguen del cuello y te amputen la piernas. No estoy adicto a la web, eso sería como señalar a un cartero como adicto a los zapatos y las medias. No siempre el sufrimiento lleva a la conciencia y a la instrospección. y no siempre lo contrario es tan positivo. (Perdón, Duque, como la mayoría de lo escritores cuando no tengo algo para contar, me dedico a la especulación y perdemos todos.)
Hoy me acorde de un viaje en tren que hice cuando tenía siete años con mis padres de París a Barcelona. Comimos una hogaza de pan y cuando nos quedamos dormidos la botellas de vidrio que habíamos vaciado chocaban abajo del asiento. Yo me despertaba, veía a mi hermano apoyando la cabeza en el hombro de mi viejo, me sentía feliz y me volvía a dormir.
Abrazo,
Terra.-

Wednesday, February 21, 2007

Facundo Iglesias fue al Zoo


y sacó esta foto.

cartas al duque (sesenta y dos)

Querido Duque,
Todos necesitamos echarle la culpa a algo o a alguien alguna vez. Pero muchas veces las excusas te agarran de la cola. La magdalena de Proust, el perro de Pavlov y lecturas de la infancia como Bomba, el niño de la selva. “Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena”, un asco. Y después los poetas ponen sus miserias en una columna y todos tiene que salir a aplaudirlos. Si no, se deprimen. Infelices. Hoy la redacción viene con clima de verano.
Saludos,
Terra.-

Tuesday, February 20, 2007

hoy estuve un poco desconcentrado...




sutiles impresiones del protonazismo



Sobre La tela de araña de Joseph Roth.

"La revolución había sido un camelo; al káiser lo habían embaucado, el general fue burlado y la República había acabado siendo un agio más de los judíos.” Así piensa Theodor Lohse, único hombre en una casa de mujeres, soldado sin ejército en un país derrotado y protagonista de La tela de araña. Si rápidamente le queda claro que la vida civil puede ser ingrata y sumamente incomprensible, Theodor intenta estudiar Derecho, pero en la biblioteca de la Sociedad Germánica lee los Protocolos de los sabios de Sión y la narración se desata.

Aunque nunca se menciona ni se examina la república de Weimar, su buena voluntad democrática, sus deficiencias y el fracaso de sus ideales de recomposición son el telón de fondo de ésta, la primera novela de Joseph Roth. En un ambiente en el que se conjugan las libertades eróticas de los zaguanes –sirvientas que Theodore desprecia pero a las que recurre– con conspiradores y fabuladores políticos de toda índole, lo que se abre paso es una novela de iniciación a la traición, narración de entreguerras que anticipa porque describe el presente de su escritura.

Roth delinea a su protagonista con trazos breves pero eficientes. “Lo había aterrorizado siempre el porvenir”, escribe, y aclara que sentía devoción por “lo estable y perdurable”. Como todos los nacionalistas inútiles, enseguida se entrega al odio y cultiva su paranoia como si fuera una planta carnívora.El hijo de un judío joyero le hace el enganche y Theodor comienza a cobrar por actividades de espionaje. No sabe bien para quién trabaja y quién lo financia, pero las órdenes le dan una posición que lo regocija.

En su primera misión, delata a un grupo de artistas comunistas que trafican con explosivos. Como Remo Erdosain, Theodor se gasta el dinero mal habido en vinos que no le gustan y licores que le producen náuseas. Más tarde, en una excursión para eliminar a un supuesto traidor, despacha a su superior clavándole un pico en la cabeza. Roth da a entender que no por ridículos y funambulescos los locos son inofensivos.

Lentamente, Theodor gana posiciones. Engolosinado, se transforma en orador y en cabeza de movimiento. Ayuda a las fuerzas reaccionarias de la vieja nobleza alemana a detener una huelga matando a tiros a los cabecillas; participa con visible cobardía de encontronazos gremiales en las calles de Berlín; y con ayuda de algunos camaradas, entra al Estado con un cargo inexistente. Después se casa con una muchacha de abolengo que lo admira. Los nazis están ahí, mezclados con los demás: “Nacionalsocialismo era una palabra como otra cualquiera. No requería particulares convicciones”.

El estilo de Roth es seco, preciso, incluso ágil. Su manera de estructurar la narración es consistente. Quizás a primera vista, el título de la novela parezca obvio. El surgimiento y la incubación de las dictaduras europeas de mediados del siglo XX conoció muchas metáforas animales: el huevo de la serpiente, el oso dormido, los lobos hambrientos.

Sin embargo, la telaraña de Roth puede ser leída como el entramado sutil o salvaje de los años 30 en Berlín, que era el centro del mundo: nazis no tan incipientes, espías sin ideología, soldados desmovilizados, matones, comunistas, obreros y traidores profesionales.

Promediando el libro, Theodor conoce a Benjamin Lenz, un “judío de Lódz”, cuadro político dudoso dedicado full time a la delación y al engaño. “Su ideal tenía un nombre: Benjamin Lenz. Lo suyo era un cordial aborrecimiento por Europa, cristianismo, judíos, monarquías, repúblicas, filosofías, partidos, ideales y naciones. Se había puesto al servicio de los poderes para poderles estudiar mejor los puntos débiles, su maldad, su insidia y su vulnerabilidad. Y los engañaba en mayor medida que le eran útiles.”

Lenz, el personaje más complejo de la novela, es de alguna manera un profeta corrupto, un cínico que se entretiene malviviendo hasta que llegue su día, el día en que “la locura amodorrada de toda Europa entre en erupción”.
Desde el vamos, Lenz se perfila para destruir a Theodor, pero, en este sentido, el final es enigmático. Las tensiones planteadas en el libro no se resuelven. El muy anticipado fracaso, la decadencia y segura muerte violenta de Lohse no sucede.

Austríaco, Joseph Roth nació en 1894 y publicó La tela de araña en un periódico vienés entre octubre y noviembre de 1923. Es posible que la historia continúe en otro de sus libros, pero lo más posible es que la falta de un cierre sea un raro mensaje sobre los entramados políticos, siempre más ambiguos y complicados que la narración lineal de los hechos que los componen.

Monday, February 19, 2007

las palmeras salvajes



En su aguafuerte del 11 de diciembre de 1928, Sociedad literaria, artículo de museo, Roberto Arlt se ríe de la fundación de la SADE que acaba de elegir el Museo Mitre como base de operaciones. Lugones era el presidente, el vicepresidente, Horacio Quiroga, y entre una decena de vocales se encontraban Enrique Banchs, Roberto Giusti, Baldomero Fernández Moreno y Borges. Arlt dice que “hay que tener la sensibilidad petrificada para resistir esa atmósfera de museo; olor a humedad y a ataúd de segunda mano”. Y después señala que los miembros de la sociedad son autores de guante blanco, que viven de un prestigio adquirido hace veinte años y “si los han hojeado cien ciudadanos son los hombres más conocidos de la tierra”. “La idea –sospecha Arlt– debe ser de Quiroga, hombre que gasta una barba sefaradí y cierta catadura de falsificador de moneda que espanta.”

En lo referente a Quiroga –los demás es otro tema–, Arlt está lejos de ser exacto. Lo de la barba es cierto –las fotos que se conservan lo prueban– pero la pinta de falsificador es un evidente reflejo del mismo Arlt. Por otra parte, sus guantes, si blancos, conocieron el sudor, el polvo y la sangre. En lo literario, Quiroga fue lo más parecido a un best-seller de calidad que tuvo la Argentina de los años veinte, cargando las dudas en la definición de “best-seller”, porque el narrador manejó siempre ciertos standarts de satisfacción, incluso para sus lectores más exigentes.

Después de un comienzo inestable y modernista con Los arrecifes de coral, Quiroga se dejó moldear por las necesidades y las ventajas de una incipiente pero poderosa industria cultural y eso asentó su estilo y sus ideas. Sus libros de cuentos conocieron un éxito editorial inmediato. A setenta años de su muerte, esos mismos cuentos que aparecieron pagados por cantidad de palabras en las legendarias revistas de la época, enseñados por décadas en escuelas y universidades, gozan todavía de un dulce y agreste perfume salvaje.

Composición de un camalote. Quiroga tuvo, como cuentista, varias características que se volvieron paradigmáticas en el género: la elección de maestros y el trabajo con la fuerza de las influencias, el rechazo por los adjetivos superficiales y la síntesis, el paciente camino de la artesanía a la narración maestra, que el perfecto Decálogo del Perfecto Cuentista rubrica en 1927. No es estrafalario afirmar que cuando dominó los áridos secretos del relato breve, el impulso narrativo también lo dominó a él. En una carta a César Tiempo fechada el 17 de julio de 1934, de cara a la escritura de piezas dramáticas, Quiroga confiesa: “Salvo opinión mejor, creo que no se me puede sacar del cuento. No dejan de ocurrírseme situaciones escénicas; pero las resuelvo contadas”.
No se dice tanto que sus títulos son excelentes y tampoco se recuerda que creó largas listas de enumeraciones y catálogos: basta hojear el índice de Cartas de un cazador y De la vida de nuestros animales para comprobarlo. En “Los pescadores de Vigas” se detalla lo que trae una creciente del Paraná: árboles enteros, arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire como pulpos, vacas y mulas muertas, tigres ahogados, monos con flechas clavadas en el cuello, espuma, paja podrida, quizás un hombre degollado, y víboras. Siempre víboras. Aunque en Los catorce millones de víboras del señor Casado, afirma que “las estadísticas más avanzadas conceden apenas dos o tres víboras a cada hectárea de bosque” y que “con más frecuencia sobre el asfalto o el macadam, hallamos, en la trayectoria de nuestro destino un auto, un cable caído, una motocicleta”, es imposible avanzar sobre la prosa de Quiroga y no encontrar una picadura.

Las manos. Aunque entre sus cuentos rurales siempre hay alguna historia urbana, la poética de Quiroga incluye y demanda no ignorar que la lluvia de las crecidas es maciza y blanca, que en la selva subtropical puede hacer un frío horripilante, que siete mil vigas es bastante más que una fortuna y que una frágil canoa de sesenta centímetros de ancho permite forzar el río de sur a norte y de oeste a este. Así, sus conocimientos técnicos –que no son todos modernos– cruzan sus saberes literarios, los condicionan y los potencian. En cada historia hay un dato y en cada dato, una historia. Entre los llamados “cuentos dispersos” se destacan viñetas donde la historia queda latente. Alcanza con afirmar que a las víboras hay que cuerearlas cuando están vivas y que las mandíbulas de la hormiga minera del cuento homónimo tienen forma de cuchillas dentadas.

Ahora bien, esos saberes no son de simple adquisición. Como el uso del machete, “cosa de largo aprendizaje”, para adquirirlos hay que pagar un libra de carne. La palabra quizás sea “incomodidad”. Así, Quiroga cultivó, no como un afeite sino como una convicción, la figura del escritor que se parece a todo menos a un escritor y alimenta esa diferencia y sonríe satisfecho frente al equívoco. Si probó las metáforas fáciles durante su temprana vida de dandy –el escritorio, el traje pulcro, París– pronto las cambió por el remo, la paranoia y el cuchillo. La foto donde aparece embalsamando un pájaro es clara: concentrado, Quiroga levanta el ave de mediano tamaño por las patas. Si hay pose, sabe que es necesaria y efímera y que después lo que queda son las vísceras en el banco de trabajo y un ejemplar más para su pequeña colección.

Existe una fina y compleja relación entre saber construir una canoa o un serpentario y narrar esa construcción. Entonces, no se trata sólo de escribir –viejo mandato– sobre lo que se conoce, se trata ir a provocar la selva o a los comensales de un banquete para poner por escrito su reacción. Las diferentes mudanzas, de Salto a Montevideo, de Buenos Aires al Chaco y a Misiones, parecen parte de ese plan, más o menos premeditado, más o menos inconsciente. Quiroga siempre confió en sus manos antes que en cualquier otra cosa. Fue un permanente extranjero en la patria literaria y sin arrobados misticismos se transformó en bricoleur del lenguaje. Sus cuentos son como relojes antiguos que todavía funcionan abandonados en la selva.

Sobre el terreno. ¿Qué decía el artículo titulado “Sadismo-Masoquismo” publicado en la Revista de Salto, fundada por el mismo Quiroga en 1899? ¿De qué hablaba el autor de Anaconda con Martínez Estrada? ¿Del Facundo y los tipos que define Sarmiento? En una tardía carta del 11 de abril de 1936 le escribe al ensayista: “¿Qué puede ofrecer el desierto a un hombre, si éste no se empeña en sacar de él un paraíso?”. Sí sabemos de qué hablaba con Lugones. En la novelita Los Perseguidos, cuyo título traducido al español actual podría ser Los paranóicos, Lugones es Lugones, Quiroga es Horacio y ambos comparten “una charla amena, como es la que establecen las personas locas”.

Una rara, expresionista y muy ambigua resolución de la tensión entre civilización y barbarie tuvo su cenit en apenas nueve años. Fueron seis libros: Cuentos de amor de locura y de muerte abrió la serie en 1917 y Los desterrados la cerró en 1926. El mismo año, Editorial Latina ponía en la calle El juguete rabioso y el sociólogo y cineasta escocés John Grierson usaba por primera vez la palabra “documental” para referirse a las películas que, sin ser ficción, eran elaboraciones creativas separadas de los noticieros.

Quiroga fue algodonero, destiló naranjas, fabricó carbón, secó yerba mate y casi siempre se arruinó para reivindicarse por la narración –no siempre en primera persona– de esos hechos. Si en él hay un ir y venir entre la experiencia y la escritura, menos evidente son los círculos y entretejidos que estos recrean. En "Los fabricantes de cabrón", cuando la caldera se rompe, Dréver escribe durante una tarde de lluvia un ensayo sobre el poder hormiguicida del alquitrán de hulla. Mucho antes, en septiembre de 1916, Fray Mocho había publicado Nuestra industria del carbón firmado por el Misionero, seudónimo del mismo Quiroga.

La selva fue su revelación, su alegría última y en cierta forma su ruina. La cita de Tacuara-Mansión es ya un clásico y lo incluye: “Misiones, colocada a la vera de un bosque que comienza allí y termina en el Amazonas, guarece a una serie de tipos a quienes podría lógicamente imputarse cualquier cosa, menos la de ser aburridos”.

Esa mesopotamia poblada de genios perdidos era un caldo de cultivo excepcional para la extravagancia trágica y los hombres valientes y resignados que ignoran su coraje: todos borrachos, todos emprendedores, todos extranjeros aclimatados. La ideología del ambiente se condensa la frase de Rienzi, el italiano que dice: “Una cosa es en el papel, y otra en el terreno”. Y la palabra clave acá es “terreno”, no “vida”, no “realidad”, o cualquier otra abstracción.

Un viento frío desde el río. Insisto, es probable que Quiroga, programático en la escritura, no tuviera una consigna férrea de vida. Más bien, lo que se ve es una ligera tendencia a dejarse llevar cada tanto por la corriente, que a veces es interna y por lo tanto incuestionable, y a veces es externa y accidentada. En su mejor momento, se dejó transformar por impulsos y pulsiones y fue al encuentro del mundo para que lo moldeara. Tal vez en la repetición de ese gesto se incluya la consecuente pasión de Quiroga por las adolescentes y sus arriesgados planes de conquista que implicaban viajes en moto a Rosario y túneles para sortear el celo de padres poco permisivos.

Es sabido que cualquier apunte para su biografía abunda en tragedias. La lista de sus suicidios es tan larga como lo fue su fría y recursiva relación con la muerte. Un accidente lo dejó huérfano de padre a meses de vida, su padrastro se mató, mientras limpiaban armas para un duelo se le escapó un tiro que mató a su amigo Federico Ferrando, su primera mujer se mató con veneno después de una pelea. Lugones y Alfonsina Storni, con la que tuvo una profunda relación de amistad, lo sobrevivieron para imitarlo. Sus hijos también fueron suicidas.

Cuando su segunda mujer María Elena Bravo lo abandonó, un avanzado cáncer de próstata lo devolvió a Buenos Aires. La leyenda dice que, internado en el Clínicas, Quiroga rescató a un freak, un “hombre elefante”, que los médicos tenían encerrado en los sótanos del hospital. ¿De qué hablaban mientras compartían la habitación? ¿De la muerte y la belleza? La madrugada del 19 de febrero de 1937, Quiroga tomó veneno y murió. Antes de que lo internaran, pinchaba insectos en la pared de su pensión, los iluminaba con una lámpara y se pasaba horas mirándolos. Héctor Murena dijo a principios de la década del 50: “Lo cierto es que había encontrado el camino. Para comprobarlo basta con leer los cuentos que se suceden a partir de su radicación en Misiones, basta con oír una vez el inextinguible tono de verdad que de ellos surgen.”

Friday, February 16, 2007

yo te banco, colorada

vacaciones



- ¿Vamos?
- Mhmmm...
- ¿Compraste la Ñ?
- Sí.
- ¿Y?
- Un mierda, como siempre.
- ¿No tenés ganas de tomar unos mates?
- Había una nota sobre museos...
- ¿El documental de Hitler lo grabaste?
- Sí, pero hay que conectar el vhs y me da fiaca.
- Ayer la pasamos bien en la pile, ¿no?
- Sí.
- Este solcito es lo más.

Thursday, February 15, 2007

Wednesday, February 14, 2007

Monday, February 12, 2007

cartas al duque (después del bombardeo)

Querido Duque,
Estoy en un ciber de la calle Avellaneda y son casi las dos de la tarde. Me pedí una semana de vacaciones y a esta altura usted debe saber que el jueves pasado a eso de las cuatro de la mañana entraron cuatro encapuchados a casa, nos despertaron y me pusieron un veintidós destartalado en el cuello. En fin, todo el folclore. Ya no tengo ganas de contarla más. Para colmo, el sábado estuve haciendo clavados desde el trampolín más alto de la pileta y me lesioné en la espalda. Los chorros, que son un capítulo a parte, me robaron el modem. ¡Un modem viejísimo que no debe salir cien pesos y dejaron un ruter de trescientos dólares! Así que tengo un libro contra la cuerdas, pero sin conexión la vivo mal, desorientado. La familia está en proceso de reagrupamiento desde hace cinco meses y no hay nada peor que un bombardeo para terminar de joder la retirada. Pero le hacemos frente. No digo que no nos afecte pero somos valientes y somos duros.
No pude termiar de corregir la nota que salió el domingo sobre Quiroga pero Molina me escribió para decirle que le había gustado así que no quedó tan mal después de todo.
Me borro por un tiempo, pero no sé cuanto. Lo más probable es que mañana le esté escribiendo de nuevo.
Saludos,
Terra.

Thursday, February 08, 2007

no vuelvas más


El ladrón: ¿Por qué tantos libros?
Yo: ...
El ladrón: ¿Y de qué vivís?
Yo: Soy periodista.
El Ladrón (señalando una foto de James Joyce): ¿Y este quién es?
Yo: Un escritor.
El Ladrón: ¿Y qué escribe?
Yo: Novelas policiales.
El Ladrón: Bueno, ahora ya lo viviste en carne propia. ¿Qué tal?
Otro ladrón: Che, qué ruido hacen las puertas de los armarios, ponele un poco de WB40 en las visagras. Así no se puede chorear en paz.

Tuesday, February 06, 2007

superloyds desde España



Este a partir de la semana que viene escribe desde la península.
(Lo mejor, Lobo. De corazón. Vos pateá al arco que si hay rebote va a adentro.)

desde el río soplaba el viento frío

No sé para ustedes, pero para mí sigue teniendo mucho sentido toda esta historia.



Decálogo del perfecto cuentista

de Horacio Quiroga (1927)

I.
Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo.
II.
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III.
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV.
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V.
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI.
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII.
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII.
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX.
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X.
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

no me hables tanto del mundo (segunda parte)


El título es malo porque la patria de Kurt Vonnegut es, entre Mark Twain y la Segunda Guerra Mundial, entre Indianapolis y Dresde, un lugar muy claro, lúcido y frecuentado dentro de la narrativa americana del siglo XX. Y desde ya, Un hombre sin patria no es su mejor trabajo. Son las novelas –Payasadas, Hocus Pocus, Pájaro de Celda y Matadero Cinco– esos libros que se atesoran y a los que se vuelve siempre.Pese a estar organizado en capítulos numerados, lo que presenta Un hombre sin patria son artículos y ensayos breves, la mayoría sesgados por la opinión política.
Si no dejan de incluir el tan rendidor cruce, y sus irremediables contrastes, entre historia política e historia personal, tampoco encajan del todo en la tradición de narrador experto en la que Vonnegut se acomoda con naturalidad. Pese a todo, los temas recurrentes del autor de Barbazul siguen ahí: El humor, su mecanismo y sus límites; la soledad y la disolución de las familias numerosas; la sorpresa y el Sermón de la Montaña (“Por algún motivo, los cristianos que más se hacen oír entre nosotros nunca mencionan las Bienaventuranzas.”).
Los mejores momentos del libro llegan en un interesante análisis de la frase de Marx “la religión es el opio de los pueblos” y el destructivo malentendido stalinista: “Con esa frase no hacía más que constatar; no condenar, el hecho de que la religión también podía reconfortar a los desfavorecidos económica o socialmente. Era un comentario despreocupado, no un máxima”; y se completan con algunas ocurrencias ingeniosas sobre la política estadounidense, como el aterrador reality show “Los estudiantes mediocres de Yale” y la teoría de que los psicópatas hechos y derechos son consecuencia lógica de la evolución en el área de Washignton.
Una lección de escritura creativa no del todo irónica, un comediante que improvisa monólogos durante el fin del mundo y la glosa de las cartas que Vonnegut recibe de sus fanáticos y detractores cierran lo mejor del libro.Mientras tanto, las opiniones sobre medioambiente que inundan Un hombre sin patria no pasan de la catequesis trivial del ecologista: “Estamos acabando con este planeta como sistema sustentador de vida con el veneno que produce nuestra euforia termodinámica por la energía atómica y los combustibles fósiles, y todo el mundo lo sabe pero a nadie le interesa.”
Sin embargo, la idea de la adicción petrolera es buena: “El gobierno ha declarado la guerra a las drogas, ¿no? Pues que vayan a por el petróleo, ¡eso sí que es un colocón destructivo! Con un poco de esa mierda que te metas en el coche puedes ir a ciento cincuenta por hora, atropellar al perro del vecino y cargarte la atmósfera”.
El texto que empieza hablando del ludismo es quizás el peor trabajo de toda su carrera como escritor. Vonnegut cuenta una excursión a la librería y al correo como algo simple y tonificante. El narrador conoce el barrio, saluda a los vecinos, compra estampillas y confundiendo todo, termina con esta idea: “Está claro que las comunidades electrónicas no construyen nada. Al final uno no se queda con nada. Nosotros somos animales bailarines... Qué maravilloso es levantarse y salir a hacer cosas.”
La reinvindicación llega con la desmentida de la existencia de un aurea aetate y esta afirmación: “Creo que las novelas que obvian la tecnología falsean tan gravemente la vida como lo hacían los victorianos al obviar el sexo.”Si el storyteller se desdibuja un poco entre tanta denuncia y rechazo a los poderes republicanos, el “estilo Vonnegut” de reminiscencias orales, simpático y entrador, sigue activo.
Su prosa todavía es liviana, inteligente, resignada y seductora. Al mismo tiempo declararse socialista en los Estados Unidos es una afirmación fuerte. Y Vonnegut lo hace mezclándolo con su lugar de origen: “Yo formo parte de la gente de los Grandes Lagos de Estados Unidos, gente de agua dulce, gente no oceánica sino continental. Por eso cuando nado en el mar siempre tengo la sensación de bañarme en sopa de pollo. Igual que yo, muchos socialistas estadounidenses eran gente de agua dulce.”
Mientras otros escritores se van volviendo reaccionarios con el tiempo, a Vonnegut le sucede lo contrario. En su vejez, el contexto histórico y sus preocupaciones lo empujan a hablar un trillado dialecto “progre”. Por supuesto, la comparación con Michael Moore que se hace en la contratapa es imbécil y relajada. Vonnegut es uno de los grandes narradores norteamericanos del siglo XX, no un arribista torpe que sabe editar sus ideas sin consecuencias políticas reales. La diferencia es simplemente abismal.

Monday, February 05, 2007

cartas al duque (sesenta y uno)

Querido duque,
Una novela más. ¿Qué significa? Me gusta que me inviten a patinar, leer sin hacer esfuerzo, dejarme llevar y no tener que mirar el número de páginas ni una sola vez. Eso es, para mí, el placer de la lectura. Ahora bien, no tengo miedo ni pereza en pelear junto al autor en los bordes de sus problemas, tanto formales como informales, pero lo que no soporto es que el tipo me tire todas sus limitaciones y sus imposibilidades a mí para que yo se las resuelva con mi lectura. Ahí cierro el libro. (A veces me quedo porque la juego de guapo y sé que llego al final con una masacre.)
No hay sorpresas a esta altura del año. Todo se dirime alrededor del clima. Son las cinco de la tarde, querido duque, y el efecto del lunes todavía es palpable. El pasquín de las erratas siguen adelante.
Saludos,
Terra.

la música de tus imágenes



En su primer viaje a París, cuando tenía seis años, le preguntaron a Victoria Ocampo qué quería y ella pidió un anillo de Cartier. Como le dijeron que no, lo reemplazó por una fotografía, grande, de la Place de la Concorde. Años después confesó que si de chica la llevaban a sacarse fotos, de grande iba sola.
Victoria Ocampo en fotografías es un libro intenso. Sara Facio hizo un meticuloso trabajo de archivo y seleccionó citas precisas para acompañar las imágenes. El resultado es atractivo. Primero, porque el placer de mirar fotos viejas, aunque sean ajenas o porque son ajenas, es irresistible. Segundo, porque la vida de Victoria Ocampo es un enigma complejo, lleno de mitos, reuniones y desencuentros.
Como las familias felices, todas las fotos de infancia se parecen: muchos sombreros, las botas del Tata Ocampo, la quinta de San Isidro y Victoria imitando a Sarah Bernard. Pero, en 1909, Escocia surge imprevisible. El viaje es familiar pero las imágenes son con un tío. El paisaje recuerda el primer romanticismo. En el cementerio de una catedral que puede estar en ruinas, los viajeros caminan entre lápidas. Victoria lleva la cabeza envuelta con un pañuelo y los pómulos se le marcan en la cara. El tío es un excéntrico: capote, sombrero, bigote y paraguas. Un poderoso y rústico Virgilio, con flor en el ojal y anteojos de marco redondo. Cuatro años más tarde, en Montmartre, ella posa disfrazada con turbante para el Estudio Reutlinger.

Vida intelectual. En 1918, la cámara encuentra a Victoria en Mar del Plata con un amante. A principios de la década del 20 Man Ray la retrata como un objeto, pálida, los labios bien delineados. Entre el 25 y el 26, Victoria participa de una puesta del Perséphone de Strawinsky. En 1936, posa con el compositor, recostados sobre el tronco de un eucalipto en Villa Ocampo pero su carrera de actriz termina antes de haber empezado por presiones familiares.
En 1931 había nacido Sur en la casa de la calle Rufino de Elizalde en Palermo Chico.En la primera foto, Sur se refleja a espaldas de Gómez de la Serna. Es un grupo feliz flotando en las paredes blancas del departamento de la Ocampo que tenía “hambre de paredes blancas y vacías”. En una escalera, sonríen Oliverio Girondo, Pedro Enriquez Hureña, Enrique Bulrich, entre otros. Borges posa con un cigarillo, tiene treinta y dos y su mirada no es ni inteligente ni erudita.
Los únicos que no miran a cámara son Ernest Ansermet y Victoria. Ansermet aparece desde atrás, cortado por el borde de la escalera, casi espiando a María Rosa Oliver que se acomoda en el primer escalón, sonriendo. La Ocampo, de perfil, en la otra punta y atrás de Norah Borges, contempla al grupo, con el embeleso y la satisfacción de quién admira una biblioteca.
En 1934 viaja a Europa con Eduardo Mallea -los dos cruzados de piernas esperan sentados en un banco de piedra- y Mussolini la recibe en el Palazzo Venezia. Ya está lista para enfrentar el peronismo y no lo sabe. Su retrato más famoso, donde posa en colores con la mano izquierda en la frente, es de Gisèle Freund, la misma que fotografiaría la intimidad de Eva Perón.Se dice que Sergei Eisenstein fue rescatado por la Ocampo de su desastre mexicano. En 1943, lo conoce en el East River de Nueva York, y su fotógrafo –¿Eduard Tisse? ¿Gabriel Figueroa?– le saca en una cantidad de películas que le son prometidas y nunca le llegan. En extraña empatía con su protagonista, Victoria Ocampo en fotografías no reproduce tomas entre 1943 y 1957, salvo por la instantánea en una esquina de París, fechada en octubre de 1946. Arriba se lee, otra vez, “Place de la Concorde”.
La última. El lugar común dicta que cada imagen tiene su historia. No hay muchas sonrisas en las historias de Victoria Ocampo; sí humor frío, compromiso, las pequeñas tragedias de la clase alta. En 1962, Borges ya tiene su bastón y la mirada perdida. Ella lo sostiene con la mano izquierda y se para adelante de Bioy. El traje cruzado de Enrique Pezzoni y el tanguero peinado a la gomina de Héctor Murena son los únicos rasgos de juventud presentes. Es 1961 y Sur festeja sus treinta años. Después, Victoria aparece en su biblioteca, la mirada irascible, aferrada a su abrigo de piel y tocándose el cuello. Las cosas cambiaron y la cámara empieza a ser una amenaza: “La belleza es un frágil privilegio” comenta.
Victoria Ocampo en fotografías encuentra una resonancia literaria en las diferencias que Victoria mantenía con su hermana Silvina y sus cuentos fantásticos. Las fotos la ligan a los nombres propios, a las firmas y a los lugares reales. Sus géneros fueron los géneros de la fotografía, el ensayo y la crónica, incluso la confesión. Si tuvo que optar, prefirió siempre la seriedad del registro antes que la imaginación.
En la última foto del libro –que no es la última, en realidad, porque sobre el final aparece una anciana con un perrito sacada de un cuento de Cheever– la mirada es fría y dura, pero dice más. Dice que es posible sacar fuerza del dolor de la existencia. Es la mirada de una escritora intensa que quería actuar y se tuvo que conformar con ser la mecenas argentina más importante del siglo XX.

Friday, February 02, 2007

Ernest Ansermet

Cartas al duque (sesenta)

Querido Duque,
Le escribo después de algunos días de ausencia. Estuve ocupado pero feliz, eso sí, el cansancio lo llevo en los huesos. Nadie en esta redacción leyó tanto como yo el manual titulado "Cómo leer el diario". Es una operación compleja, lo sé. (Porque me enseñan a leer lo que escribo.) Lo mejor es la serie de citas tipo Tao que abren el libro. "No existe la invevitabilidad absoluta", "La perspectiva de la realidad es manipulada por el deseo", "La mayoría de las actividades intelectuales sólo son placenteras cuando se las extrema", o mi preferida: "Un poco de paranoia es esencial para una justa apreciación del todo". La pregunta, querido duque, es: ¿cuánto es un poco? No soy irónico, simplemente me dejo sorprender.
Ahora hay un teléfono sonando que no se deja reducir. Periodismo puro, hibridado a escondidas. Hoy en el subte, leí las notas de Arlt en El Mundo. Con talento cualquiera la rema.
Abrazo,
Terra.

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