Sunday, October 30, 2005

el verdadero cocinero salvaje



Anthony Bourdain nació en Nueva York durante 1956. En los ochentas tuvo algunos problemas con drogas y después, creo, fue que se convirtió en chef. Ya dedicado a la cocina internacional, publicó tres novelas que no se tradujeron al español.

La fama le llegó cuando empezó a contar lo que pasaba en las cocinas donde trabajaba y había trabajado. En el 2001 apareció Confesiones de un chef, aventuras en el trasfondo de la cocina, editado en Buenos Aires por RBA. Para esa época también se lanzó como excéntrico conductor de televisión. El resultado fue un programa bastante bizarro sobre la cocina del mundo y otro excelente libro: Viajes de un chef, en busca de la comida perfecta, que también se consigue por RBA en español. Les Halles CookBook, que salió en octubre del 2004, es su primer compilación de recetas.

Si Hugh Hefner es el onceavo escritor de la lista de los escritores que más marcaron, a los cuales admiro y releo, Bourdain sería el número doce.

Salud, Anthony, y buen apetito.

Saturday, October 29, 2005

los que intervienen los libros

"El que subraya alocadamente y el que subraya con prolijidad / El de las anotaciones en los márgenes / El del garabato / El que dibuja viñetas que acompañan los textos / El que utiliza el libro como soporte para su arte / El que le agrega versos manuscritos a un libro de versos / El que mejora la imagen del autor agregándole bigotes o anteojos al retrato de solapa o frontis (...)"

Sigue en el muy recomendable Cabalgando del gran coleccionista rioplantense.

Friday, October 28, 2005

La propia sangre es la única receta posible

Hace poco me pidieron de un medio gráfico que hiciera una lista de los diez escritores que más admiraba, que más releía, que, en definitiva, más me habían marcado. La hice y creo que fue honesta. Pero me olvidé de uno que es básico. Se llama Hugh Hefner. Nació en Chigago en 1926 y en 1953 creó con dinero prestado, apenas unos mil dólares, la revista más importante del siglo XX. Acá encontré una excelente entrevista que alimenta el mito y donde puede leerse esta frase: "He creado una máquina que me proporciona las jóvenes más bellas del mundo".
Larga vida a Playboy.

Thursday, October 27, 2005

estampilla con rinoceronte (2)

en el otro rincón, el periodismo cultural

Lentamente, me voy transformando en una frase infeliz y sacada de contexto. Quizás eso ayude a que se lean mis libros. Aunque no estoy seguro... Es la estrategia Moria Casán. Escándalo en seco. ¿Habrá leído algo más que la nota de la Rolling Stone, Leandro Zanoni? Hasta ahora la frase se repite como loro. En todo caso, la entrevista está entretenida.

En fin, hoy uno que sabe me la puso clara: "Es la etiqueta, los periodistas van a proponer: llámenlo a Terranova, es el que dice barbaridades." Pero no me tienten que puedo decir cosas mucho peores, ¿eh? Y sobre los periodistas.

Wednesday, October 26, 2005

Retrato del artista melancólico

Sobre Tokio Blues de Haruki Murakami.
Tusquets. 2005. 383 páginas.

(Publicado en el suplmento Oh! del diario Perfil.)

La historia que narra el escritor japonés Haruki Murakami en Tokio Blues es simple. Watanabe, el protagonista, llega al Tokio de fines de los años sesenta para comenzar sus estudios universitarios. Por azar se encuentra con Naoko, la novia de su único amigo de la adolescencia, Kizuki, que sin motivo aparente se suicidó a los diecisiete años. La muerte del amigo en común los une de una manera extraña y poderosa pero su relación se interrumpe. Naoko es ingresada en un manicomio después de perder la virginidad con Watanabe, y luego éste conoce a Midori, otra sufrida y bella estudiante.

Alrededor de este triángulo se desarrolla un retrato del joven artista melancólico que no aporta muchas variantes a la historia de iniciación. Aunque se mencionan las turbulencias políticas de esos años, Tokio casi no aparece como telón de fondo y las descripciones rara vez superan los nombres de lugares y comidas, explicados por el traductor en notas al pie.

Hay cierta influencia, admitida, de la literatura norteamericana en Murakami, pero, aunque Tokio podría estar a la altura narrativa de Nueva York o Los Ángeles, Murakami no es Fitzgerald, ni John Cheever, ni Raymond Carver. Mientras el trato que recibe la locura como componente novelístico es convencional, bordeando incluso el lugar común, el tema del sexo se construye con una mirada directamente moralista. Toda la novela está atravesada de una libido contenida, intelectualizada, mal resuelta. El sexo según Murakami remite a un viejo clásico: “Porque te quiero, no te fornico”.

Después de consumar relaciones sexuales placenteras, dos de las protagonistas se vuelven locas. Cuando la irreverente, hermosa y sufrida Midori lo invita ver una película porno a un cine para adultos, Watanabe sólo atina a aburrirse. Cuando le dice, explícitamente, que quiere que la penetre, él le responde que eso no sería correcto. Pese a la revolución sexual en curso donde las relaciones son casuales y accesibles, el narrador argumenta, invariablemente, que el sexo es un detalle, un accidente sin importancia, pero, al mismo tiempo, la represión con la que se castiga es evidente.

La premisa de que el amor se retrata mejor por el simple hecho de anular el sexo es innegablemente falsa. Las cosas siempre son más complicadas. Sin embargo, Murakami vuelve a esa premisa una y otra vez. Así, Tokio Blues es la historia de un japonés de veinte años narrada, no con la claridad y la resignación de la madurez, sino con la seriedad y la afectación de los mismos veinte años. De allí que, muchas veces, lo que se cuenta parece trascendente sólo para los personajes de la historia.

Aunque no contiene japonerías, este Tokio Blues hubiera precisado un poco más de aire, un poco más de humor, algo que sin tanto miedo de caer en el kitsch o en la banalidad, resultara más seductor. Siguiendo el excelente título, era de esperarse más Tokio y más blues (no sólo entendido como tristeza, sino también como emoción y elegancia) de este libro.

Tuesday, October 25, 2005

estampilla con rinoceronte (1)

Monday, October 24, 2005

diario de la mudanza (XII)

Ayer estaba en la computadora y sentí que Celia corría al baño. Entré en la habitación y había vomitado en la alfombra.
— Pensé que eso pasaba en los tres primeros meses—le dije.
—Yo también— me respondió.

Limpié la mancha pero el olor quedó. Después, volvimos a hablar sobre el prestigio. Una vez más. No sé por qué.
— No creo que te dejen pagar en Carrefour con el prestigio.
El prestigio ni siquiera te consigue un trabajo hoy. Conozco gente muy prestigiosa que todavía hace cosas horribles por dinero. Quizás en otra época el prestigio te daban algo. Así me dijeron. Yo no conocí esa época.
Cuando nos fuimos a dormir y la habitación tenía olor a micro de larga distancia.
— Ahora entiendo algunas cosas—le dije a Celia en la oscuridad. Ya habíamos apagado la luz.

Ahora escucho el ruido del agua. Celia se está bañando. El tiempo que enseñé en la facultad, los alumnos se complotaron. Todos juntos, o por separado, quién sabe, se dedicaron a hacer las preguntas más idiotas. Creo que incluso había un concurso. No fui un mal profesor. Ni siquiera me enojaba. Y ellos aprendían. El mejor profesor es el que se arremanga y responde todas las preguntas. La cinta de cassette se rebobina hasta el fondo y vamos de nuevo. No, no fui un mal profesor. La pregunta es si puedo ser un buen padre. En la cama, le acaricio la panza a Celia. Es redonda y grande. Y la piel es suave.

— Me gusta que me acaricies— me dice.
Ayer jugaba al poeta maldito. Hoy voy a tener una hija. El gato se mete en los placares. Empuja las puertas y las bisagras rechinan.
— Está explorando su nuevo habitad— dice Celia. El asunto parece una versión doméstica del Discovery Channel.

Un día estás sentado escuchando un disco y haciendo tiempo para ir a trabajar. Acto seguido, tu mujer sale del baño y dice que está embarazada. Y eso ya es todo un tema. Pero lo mejor es que pestañás dos veces y recorrés tu infancia y tu adolescencia como si fuera una película en blanco y negro. Lo triste y lo feliz que fuiste. Y, por supuesto, no vas a trabajar. Y volvés a pestañar y ya pasaron ocho meses. La panza está enorme.

Nunca pero nunca va a dejar de asombrame la constancia del tiempo. No hay forma de ganarle. El tiempo es todavía más duro que la muerte. A veces trabaja para ella, pero entonces pasan unos días y todo empieza otra vez. Llega la muerte. Golpea la puerta. Entra. Aplasta las flores, toca a los animales y los animales se desploman como si fueran piedras. Pero después todo vuelve a empezar. Ya es tarde. Me tendría que ir a dormir. Quizás estas sean las reflexiones más banales del mundo. Se escucha el silencio de la calle vacía. Miro por la ventana. El viento mueve las hojas de un árbol. Entonces, vamos al ginecólogo y el tipo mirando un monitor con imágenes completamente ininteligibles te dice que es una nena.

— Está claro— señala— Es una nena.
La película pasa una y otra vez en blanco y negro. Y Celia sonríe.

fotos viejas



- Uy, te acordás de esto.
- Sí.
- El napalm nos había puesto de la nuca.
- Qué viaje.
- Charly sigue oculto en la selva.
- The war is over.

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Rex electoral

"Mi vieja es un personaje. A los fiscales los tiene cagando. Es una obsesiva. Me enteré que tuvo que ir al baño y que se llevó la urna con ella, porque no confiaba en nadie. Nos morimos de la risa."

Las aventuras de Rex en día de elecciones siguen acá.

Sunday, October 23, 2005

casi un boca de urna

Siendo las 20:50, todavía no prendí la tele. Recomiendo, para seguir la elección, el experimento de los Trabajos Prácticos. Al principio me dio un poco de desconfianza, pero se va poniendo divertido. Interesante el audio inmediato, la frescura con la que hablan los diferentes reporters, las puteadas de Quintín desde Viena y conocerle el timbre de voz a Schmidt. Y lo mejor es que Raffo aportó los dibujitos y se borró, precindiendo de hacer acusaciones.

En Monolingua, Llach, el otro fugitivo, hace del voto una especie de arte conceptual al estilo Tucumán arde pero más refinado y menos bochinchero.

en el cuarto oscuro

Fui a votar a eso de las once de la mañana. Hice una cola de diez personas en el colegio de siempre y me traje un par de boletas: la de Acción Ciudadana, lista 179, con Alejandro César Biondin (hijo del más famosos de los nazis porteños, de idéntico nombre) que se presentaba a la legislatura, la de la lista 231 con Moria a la cabeza, la de Zulma Faiad, la de la lista 250, de Fernando Vaca Narvaja, también cadidato a la legislatura (había que cortar boleta).

Todas las elecciones me imagino una colección de boletas. Tener las más bizarras, las más significativas, las más anodinas. Buscar rarezas en los nombres de las listas, comparar los diseños, encontrar regularidades y coincidencias. Encontrar, por ejemplo, alguien que siempre aparezca como suplente, alguien que cambie de listas o verificar la voluntad inquebrantable y poco inteligente de la izquierda. Tenerlas todas, ir encuadernándolas y, cada tanto y fuera del período de elecciones, leerlas como una gran novela política argentina.

Friday, October 21, 2005

simplemente el mejor

El mejor texto sobre el programa de Maradona escrito hasta la fecha, dificilmente superable.

Thursday, October 20, 2005

un viejo conocido



En el año 1515, el Sultán Muzafar II de Gujarat, en el oeste de la India, le mandó como regalo al rey Emanuel I de Portugal, cuyas políticas colonialistas lo había sumido en un profundo comercio con oriente, un rinoceronte. El animal llegó a Lisboa el 20 de mayo del mismo año.

Al rey de Portugal no le debe haber gustado porque enseguida lo cedió al zoológico del Papa León X. Si no fue el primer rinoceronte en llegar a Europa, fue seguro el que más prensa tuvo.

Para algunos historiadores, el animal cayó al agua durante las maniobras de descarga en el puerto de Lisboa y se ahogó. Otros dicen que el rey de Portugal enfrentó, en un circo privado, al rinoceronte con uno de sus elefantes porque Plinio el Viejo había escrito en su Historia Naturalis que eran enemigos a muerte. Otros historiadores dicen que el rey de Francia, Francisco I, lo vio en el puerto de Marsella y que el barco se hundió antes de llegar a Italia.

Albrecht Dürer (1471-1528) era capaz de caminar días y días para encontrar una ballena o una morsa y dibujarlas. Aunque nunca vio el rinoceronte indio, lo retrató e hizo copias xilográficas de la obra. Al parecer, un alemán que sí había visto el animal en el puerto de Lisboa le mandó una carta con una descripción detallada. La carta todavía existe y la descripción es extraña. Cuando sacaron el animal de las aguas del puerto de Lisboa, el rey de Portugal lo mandó disecar pero los procesos de taxidermia de la época eran muy primitivos y la pieza no se conservó.

En la actualidad, el rinoceronte de Dürer se puede ver en el Museo Británico de Londres.

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Diario de la mudanza (XI)

Aunque no tenía defensas de ningún tipo ni reservas propias, Hitler decidió que Stalingrado era una fortaleza y que como tal debía ser defendida. Paulus demandaba “libertad de acción” casi a diario para poder retirarse, pero se le ordenó que resistiera. Para abastecer a los soldados se diseñó un plan imposible. Un puente aéreo tenía que hacer llegar todos los suministros necesarios para que el Sexto Ejército continuara operando. Se prometieron trescientas toneladas por día, pero los aviones de carga Junkers 52 y los Heinkel 111, perjudicados por las tormentas y los cazas rusos, apenas si cumplieron con trescientas cincuenta en la primer semana. Los cargamentos mejoraron pero nunca cumplieron ni la mitad del mínimo indispensable.

Demasiado rápido Stalingrado se transformó en Das Kessel, la caldera, o directamente en la Schickalsstadt, la ciudad fatídica. Los soldados alemanes comenzaron a morir congelados, o de cólera o tifus. Muchos también murieron de inanición. Simplemente las raciones no llegaban y el frío hacía el resto.

Cuando los soviéticos avanzaron sobre el territorio ganado por los alemanes, tomaron o destruyeron los aeropuertos que hacían de base al puente aéreo. Así que muchas posiciones comenzaron a depender exclusivamente de cajas atadas a paracaídas lanzadas desde el aire. La navidad fue algo duro.

Kurt Reuber, el médico de la 16ª División Blindada, era también artista aficionado. Así que, esperando el 24 de diciembre, tomó un mapa ruso y en su cara lisa dibujó un madre abrazando a su hijo. Cuando terminó el dibujo, Reuber lo colgó en una de las paredes de su búnker. Su talento era modesto pero todos soldados que entraban se detenían a mirarlo. Algunos se ponían a llorar. El lugar se convirtió en una especie de santuario. Los alemanes lograron salvar la virgen y hoy puede vérsela en la Iglesia del Emperador Guillermo en Berlín. Reuber fue tomado prisionero por los soviéticos y murió en un campo Yelabuga en enero de 1944.

Wednesday, October 19, 2005

Diario de la mudanza (X)

Hoy toda mi actividad productiva se limitó a comprar tres lápices de mina blanda. Celia está armando un rompecabezas que le regalé para el cumpleaños. Es la imagen central de la Capilla Sixtina. Dios le da la vida a Adán en mil piezas de cartón troquelado.

— Lo encontré en una de las cajas—me dijo Celia.
Realmente disfruta ordenando la fichas.
— Me gusta.
— ¿Sí?
— Sí.
— A mí también.

Necesitaba un libro y tuve que empezar a revisar las cajas. Es una actividad incómoda. Las cajas tienen nombre pero así y todo es difícil. Hay una caja con revistas y otras de “narradores norteamericanos”, “siglo XIX”, “literatura argentina”. Hay una que dice “historia alemana”, pero en realidad tiene libros sobre nazismo. Uno nunca sabe hasta que punto se puede volver pública una mudanza.

Narrar no es explicar. Narrar es narrar. El libro sobre Stalingrado va y viene. El Sexto Ejército alemán de Paulus era la formación militar más grande el Tercer Reich. Sumando al Cuarto Ejército Blindado, contaba con más de trescientos mil hombres. Pero los soviéticos resistieron y finalmente los roles se invirtieron. El rumbo de la guerra cambió.

Stalin siguió reclutando fuerzas y la alianza con las potencias de occidente comenzó a rendir sus frutos. La contraofensiva soviética fue demoledora. El avance se inició al noroeste de Stalingrado, contra las fuerzas rumanas que custodiaban la margen occidental de río Don. Los ejércitos rumanos eran muy inferiores a los alemanes y estaban mal pertrechados. Eran apenas siete batallones para cubrir un frente de más de veinte kilómetros. Las únicas armas antitanque que tenían eran unos cañones Pak de 37 mm tirados por caballos. Los rusos habían apodado “el que llama a la puerta” porque sus balas rebotaban contra la coraza de los T-34.

Cuando los oficiales del Alto Mando Alemán supo del ataque tuvieron la esperanza de que los soviéticos fueran detenidos por el XLVIII Cuerpo Panzer, apostado sobre la margen norte del río Kurtlak, detrás de los rumanos. El cuerpo poseía una excelente División Panzer, la 22ª. Sin embargo, hacía ya demasiado tiempo que las tanques no tenían combustible suficiente como para mantenerse activos con prácticas y recorridos de prueba. La mayoría de los vehículos habían sido estacionados en fosos y cubiertos con paja y ramas silvestres para evitar que el frío los dañara.

Los alemanes vieron llegar en desbandada a los rumanos y ya los blindados y las divisiones de infantería soviéticas se recortaban en el horizonte. Los tanques tenían que preparar a toda costa un perímetro de defensa. Pero cuando los conductores les dieron contacto pero sólo la mitad de los motores se puso en marcha. Escarbando metros y metros de tierra, cientos de ratones de campo se habían abierto camino hasta los diferentes puntos del sistema eléctrico de los tanques y habían roído y comido la mayoría de los cables. Las bobinas de encendido y la alimentación de las baterías no servían. Algunos tanques inclusive se prendieron fuego.

De un total de cien unidades, la 22ª División Blindada pudo presentar sólo cuarenta y dos a la batalla. Sin refuerzos en los flancos, los T-34 pronto comenzaron a rebasar a los Panzer. Finalmente la pinza soviética se cerró sobre Stalingrado en Sovetski, sesenta y cinco kilómetros al sudoeste de la ciudad. Veinte divisiones alemanas habían quedado aisladas de sus líneas de suministros.

piropos en la estepa



- Mi amor, tengo una astilla en la panza, ¿me la sacás con los labios?
- Guarango.
- Te dije que era una histérica.
- Y bueh...

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repertorio de voces

"¡Peronistas de derecha, peronistas de izquierda, lo que no son peronistas que se vayan a la mierda!" (cántico de 1973, como un intento de la izquierda peronista de evitar la confrontación con sectores de la derecha peronista)"

"Recibí carta de Juan que escribió desde Madrid, preguntó por su gorrito, por su motoneta gris" (1972, canción popular)

(Más en la casa del Poeta de Villa Celina)

Tuesday, October 18, 2005

¡Que vuelva Quintín!

Raffo da clases de análisis paranóico-político en Trabajos Prácticos. A mi sus muñequitos me encantan pero mirándolos bien estoy llegando a la conclusión de que se parecen mucho al virus de la gripe del pollo...

diario de la mudanza (IX)

El gato estornudó. Una vez. Dos veces. No sabía que los gatos podían estornudar. Celia dijo que hacía frío y era verdad. Cobré el dinero de los cuentos. Hice un trabajo a conciencia pero igual la cosa seguía sin arrancar. Lo lamento por todos. Con honestidad. Buenos Aires no necesita otra colección de cuentos mal escritos. Cuando el editor me dio el cheque, también me mostró algunas tapas. Estábamos en el living de su departamento, un lugar muy agradable. No sé si escuchó mis comentarios.

— ¿Qué estás leyendo?—me preguntó.
— Un libro sobre la batalla de Stalingrado— le dije.
— ¿Un libro de historia?
— Sí.
— Ahá. ¿Y estás escribiendo?
— Estoy con un diario.
— ¿Ninguna novela?
— No, por ahora no.

Me preguntó por qué. Le podría haber dicho un millón de mentiras, pero creo que dije algo que se parecía bastante a la verdad. Quiero tomarme un tiempo. Las últimas dos novelas rebotaron en varias editoriales y quiero tomarme un tiempo para ver qué es lo que estoy haciendo mal.
— Bueno—dijo el editor—, quizás no encontraron a lector adecuado todavía.
Los editores en general son buenos relativizando.
— Eso es como echarle la culpa a los demás de lo que escribo yo— le dije.

Volví caminando. Las vidrieras de los negocios de Rivadavia ya estaba iluminadas. “Gente desquiciada abre fuego y dispara al azar en un supermercado ¿qué hacemos? Limpiamos la sangre de los muertos y seguimos comprando”. Una buena línea de un buen escritor en una entrevista aburrida. De cualquier forma me gusta la luz de los negocios sobre la calle. Como un escritor loco y huraño, así voy a terminar. Barba y las uñas sucias, todo el día en pijama. Escuchando el concierto para violín número uno en Re de Paganini y caminando entre cajas abiertas. No es una perspectiva tan mala.

¿Quieren algo más interesante? Hoy también fuimos al curso pre-parto. No era algo que me entusiasmara y confirmé mis sospechas. Uno no se puede pasar dos horas y medias sentado en el piso escuchando preguntas y respuestas sobre lactancia. Lo siento en el alma, pero yo no vuelvo. Celia se enojó. Me acusó de insensible. Las conversaciones eran así.

— ¿Qué pasa si no tengo suficiente leche?
— Eso no suele ocurrir.
— Pero si ocurre...
— Es algo muy raro.
— Pero ¿y si pasa?
— Bueno, siempre se puede optar por la leche en polvo.

No me sentía tan agredido intelectualmente desde el secundario. Las mujeres que daban la charla eran desagradables. Quería parece comprensivas pero daban órdenes. Había un par de hombres más. Tenían los ojos irritados y se los veía cansados. Las embarazadas prestaban atención. Había algunas a las que se les notaba el miedo. Como si estar embarazados fuera equivalente a tener que ir a la guerra. Las preguntas seguían y seguían y siempre eran la misma pregunta de diferente manera.

— ¿Voy a estar bien?
— Sí, claro, tenés que estar tranquila.
— ¿Pero voy a estar bien?
— Sí, sí.
— Me gustaría saber si es doloroso.
— No, no.
— Me dijeron que es doloroso.
— Bueno, es un parto, ¿no?

Hacía tiempo que no me enfrentaba con tanta inseguridad y tanto miedo. Y después, el castigo. Porque yo no voy a dar a luz. A vos no te va a salir una persona por el sexo. Bueno, claro, no puedo parir. ¿Qué quieren que haga? Puedo tirarme en el piso directamente y resignar la colchoneta. O si prefieren pueden clavarme un tenedor en el brazo. Si así estamos a mano, hagámoslo. Finalmente, Celia me exoneró de volver la próxima vez. Le di las gracias con énfasis. Nuestro matrimonio funciona porque nos comunicamos.

Monday, October 17, 2005

hinchada



- ¡Vamos, che, pongan huevo...!
- Marcos, no te muevas que nos caemos, boludo.
- ¡Así no vamos a salir campeones nunca con estos amargos!
- No te zarpés...
- ¡Vamos, presos, por la camiseta!
- Marquitos, media pila, che, ya te agarraron y te coratron el cuerno...
- Pará, que me crece seguro.
- Sí...
- Momia de tutankamón, ¿dónde aprendiste a patear? ¿Vendiendo zapatos?
- Esta es la última vez que me subo al parabalanchas con vos, sos muy bardero...
- Pateá para el otro lado, zapatilla de fierro...

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el árbol del presente

Sí, Guillermo Piro, todo lo que quieras, pero, por el momento, no estás ni cerca de convencerme. “Describe el frondoso y difícil árbol del presente” sigue siendo un excelente consejo y un desafío interesante.

fecha

Feliz 17 de octubre para todos los compañeros.
Y el domingo, vamos con el Rafa por capital.

Saturday, October 15, 2005

Respondiéndole a Hernaii

Hernán Iglesias-Illa, alias Hernaii, que mantiene su blog desde Nueva York, escribió una nota para Trabajos Prácticos, un sitio importante, casi modélico en el debate cultural y político argentino actual.

Porque me considero, antes que otra cosa, un novelista contemporáneo que trabaja básicamente con el presente, la nota de Hernán Iglesias-Illa me interpela. Acá va mi respuesta.

Querido Hernaii,

No quiero empezar a poner links para intentar demostrar que soy la excepción que confirma esas reglas que elaborás con una ligereza que impresiona.

Tampoco quiero tirotear mi propia trinchera, por eso te doy la razón cuando decís que hay un hueco, que faltan libros que narren aquello que no se narra. Seguís acertando cuando señalás que muchos escritores, desde hace un rato, andan dándole vueltas al infinito problema del lenguaje y que, en definitiva, se la pasan jugando al balero. Pero esa “falta” la venimos tematizando, sondenado y cuestionando con escritura, libros e intervenciones varios tipos desde hace ya un tiempo. Tenemos que hacer una narrativa urbana y social que suene como Primus, como los Beastie Boys, como la Fernández Fierro. Una literatura que le vuele la peluca a todo el mundo. Lo sabemos. Es una meta, un proyecto. Ahí das en el clavo de lleno y sirve que lo digas como lo decís. A mí por lo menos me sirve y lo aplaudo.

Pero, aunque tus buenas intenciones son claras, es obvio que no leíste lo suficiente, ni siquiera lo básico.

Primero que nada, sobre el tema del lenguaje, Hernán, tendrías que consultar La Joven Guardia (Norma, 2005). Y después contáme cuántos partidarios del “lenguaje” encontraste ahí. Maximiliano Tomás, el compilador del libro, que no pretendía armar una editorial de la nada y que no tenía el apoyo del Estado, se mandó una búsqueda responsable que duró sus buenos meses e incluyó varias horas al día de esfuerzo. Después, hizo un solo libro que para algunos significó mucho. Y la mayoría de los que publicaron ahí estaban en funciones hacia el 2003.

Sobre el tema de las generaciones también tenés una confusión. Te la agarrás con los que tienen menos de treinta y cinco años pero los que arrugaron y siguen arrugando son los que ahora tienen cuarenta y pico largos. Citás a algunos, y las citas son claras y sirven, pero justo con Fabián Casas, al que condenás por una frase, te equivocás. No me corresponde a mí ilustrarte, ahí están sus libros. Es más, mucha de su mejor prosa se consigue en la web.

Por otra parte, la frase “Y no ha habido una sola novela que haya puesto los pies en esas arenas movedizas y haya tenido, al mismo tiempo, una mínima relevancia social” no sólo es errada, sino frívola y tremendista.

Vos decís que Philip Roth gotea. En la Argentina tenemos varios goteadores que hacen pie en esas arenas movedizas. Decís que las almas bellas dicotomizan, o el gran capital o la inútil fiesta del lenguaje, y es cierto, pero vos hacés lo mismo, y entiendo que lo hacés por desconocimiento. Entre Aira y Suar no ves nada y ese espacio está lleno de cosas. Te ahorro la lista, pero sería bueno que te pusieras en campaña para leer. Seguro que te llevás una sorpresa.

Ahora bien, donde más feo te equivocás, sin embargo, es cuando pensás que con guita (que no ligaste) y alguna buena idea (que seguramente le hubieras aportado al proyecto, no sé porque pero te creo) se saca adelante una editorial. Esto no es así.

La figura del editor es la pieza clave en todo este asunto. Cuando el editor sabe leer (leer el campo intelectual y leer los textos), y sabe pedir, y tiene un proyecto, y sabe comunicarlo, los escritores surgen y se forman a su lado.

El editor no es una pieza decorativa que dice que sí y le besamos el culo y dice que no y lo odiamos. Llach, Mariasch y Cucurto, tres de los grandes poetas jóvenes de hoy, son también editores, y es más, excelentes editores. Crearon los espacios, los construyeron leyendo con audacia y con paciencia y, escucháme bien, lo hicieron sin grandes capitales, más bien todo lo contrario. Ellos no se “desentusiasmaron” a la primera de cambio. Hay más ejemplos, pero me planto acá.

¿Y cómo es eso de que en los dos años siguientes a renunciar conociste “algo del ambiente literario porteño”? ¿No lo tendrías que haber hecho antes? ¿No lo tendrías que haber conocido en su totalidad? El editor tiene, sí o sí, que dominar el tema “mundillo literario”. Después, hará sus apuestas y sus descubrimientos.

Ahora bien, aunque me gusta mucho el fútbol y fui un par de veces a San Isidro, jamás se me pasó por la cabeza comprar jugadores ni caballos de carrera. Un editor no puede ser un tipo que está aburrido de ser periodista. El editor tiene que ser el coach. Tiene que ser como Burgess Meredith, el Micky de Rocky I, el del gorrito de lana y el pelo blanco. ¿Te acordás, cuando Rocky lo va a buscar y le pide que lo entrene, lo que le dice?

Le dice: “¿Querés pelear, zurdo de mierda? No, no te voy a entrenar porque te van a reventar el ojo malo ese que tenés. A los boxeadores zurdos habría que prohibirles subirse al ring. Ah, ¿insistís? Bueno, escucháme, lo vamos a hacer juntos. Y lo vamos a hacer bien, y vamos a salir adelante”.

Si el coach se desanima, ¿qué queda para el que se tiene que subir al ring? ¿Qué escritor le confiaría su manuscrito a un editor que a la primera de cambio se raja?

“Todos se llenan la boca hablando, son todos amigos —decía Ringo—, pero cuando suena la campana, te sacan hasta el banquito”.

A mí me da la sensación de que tiraste la toalla porque simplemente no estabas preparado para cumplir el rol que te habías auto-adjudicado. No fue por una cuestión de capital o de autores. Decir que no hay nada, aparte, es un lugar común que se desacredita solo.

Los escritores, jóvenes o no, siempre necesitamos un editor con ideas y proyectos, que se juegue y encuentre la guita para hacer los libros, que lea los originales y haga observaciones, que fije caminos y ayude con los obstáculos, que se agarre con los distribuidores si lo bicicletean o con los libreros si le mandan los libros al depósito en vez de tenerlos en la vidriera.

Vos pedís escritores de base, que le pongan palabras al quilombo social argentino en un lenguaje abierto, llano, comprensible pero también jugado. Vos pedís escritores que tomen partido, que narren el mundo que los rodea, que se animen, como decía Hegel, a ser contemporáneos de sí mismos. Bueno, yo tengo todo el derecho del mundo, entonces, a pedir editores que me acompañen en ese proyecto.

Atte.
Juan Terranova

fangoterapia



- Gordo, salí del chiquero ese.
- Pará, Wild World me protege.
- Te vas a agarrar una infección.
- Vos no entendés, esto es terapéutico.

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Friday, October 14, 2005

Diario de la mudanza (VIII)

Cuando la Operación Barbarroja fracasó, el ejército alemán en la URRS se atrincheró para pasar el invierno. Con la primavera, se rediseñaron las prioridades. Esta vez fue la Operación Azul. Al primer avance le pusieron Barbarroja por un conquistador alemán, no por el pirata. A la Operación Azul le querían poner Sigfrido pero Hitler dijo que no. La cosa no venía tan fácil como para la épica. Al parecer todos los historiadores concuerdan en que el destino de Stalingrado quedó sin definir.

La toma de la ciudad fue algo crudo y difícil. Era el Sexto Ejército Alemán, al mando del General Paulus, contra el 62º Ejército Soviético comandado por Chuikov. En septiembre Hitler le preguntó a Paulus cuánto tiempo le iba a llevar tomar la ciudad. “Diez días de lucha y dos semanas más para terminar la limpieza” dijo. Pese a la superioridad numérica de dos a uno, los soviéticos resistieron casi un mes y la ciudad nunca llegó a estar en completo control alemán. Las tropas eran aprovisionadas con lanchas que cruzaban el Volga y resistían en refugios subterráneos. Se volvió al modus operandi de la primera guerra. La impersonal guerra de los blindados quedó atrás.

Los soldados se veían la cara. Se luchaba con armas cortas, con bayonetas, con navajas. Se peleaba por un edificio, una casa, un sótano, un metro de pared. Se usaron granadas de mano para despejar escaleras y habitaciones, lanzallamas para la alcantarillas y zapadores para derribar edificios. En los techos había francotiradores. Los alemanes la apodaron Rattenkriegen, “la guerra de ratas”. El Ejército Rojo rápidamente reorganizó sus fuerzas en pequeñas brigadas de ocho hombres que podía avanzar colgadas de los T-34 y saltar a las ruinas para reagruparse. Los soviéticos eran mejores que la infantería alemana en el desolado terreno urbano de Stalingrado. Se escondían mejor, sabían esperar entre los escombros, aparecían por la retaguardia armados con grandas. Era la academia de lucha callejera de Stalingrado. Los tanques se averiaban, no pasaban por las calles angostas, y entonces Iván los hacía saltar por el aire con un lanzacohetes. “Ivan” era el génerico para el soldado raso soviético. “No creas que Ivan está muerto porque le volaste las piernas y le rompiste el cráneo–decía un sargento alemán–, si tiene un arma, cuando empieces caminar, te va a disparar por la espalda”.

Ivan era el oso ruso. Eran cientos de miles de soldados no sólo rusos, sino de todas las repúblicas socialistas. Gente de los Montes Urales, campesinos de Katastan, zapateros y obreros de Ucrania. ¿Por qué eran tan duros? Algunos peleaban por su patria, otros por sus familias. La propaganda en Moscú decía que gritaban “¡Por Stalin!” cuando cargaban pero es mentira. En mi libro hay unos versos de Yuri Belash, un poeta soldado: “Para ser franco sobre esto/ en las trincheras en lo último que pensábamos/ era en Stalin”. Dios te bendiga, Yuri Belash, por ser poeta, por ser soldado y por decir algo que suena a verdad.

Thursday, October 13, 2005

Diario de la mudanza (VII)

La sensación de que recién llegamos no se me va. Esta mañana me quedé en la cama leyendo. Celia levantó la persiana. El gato dormía. Una de las tácticas preferidas de los soviéticos era el derroche de vidas. Sobre el principio de la guerra, sin embargo, el asunto fue especialmente ridículo y trágico. En las batallas defensivas al oeste del río Don, el Ejército Rojo mandó tres batallones, sin armas ni raciones, a pelear contra la 16ª División Blindada Alemana. La mayor parte de los efectivos iba a pie.

— ¿Sabés lo que dijeron los que sobrevivieron a esa batalla?
— ¿Qué?
— “Si nos salvamos de esta, pasamos la guerra.”
— ¿Y?
— Algunos lo lograron.

La invasión a la Unión Soviética fue una cruzada ideológica. Comunistas y nazis eran enemigos naturales. Como la rata y el perro. Según el ministerio de propaganda alemán, los bolcheviques habían logrado construir un sistema que reducía a los eslavos, de por sí inferiores, a bestias asesinas sin honor militar, orgullo nacional ni sensibilidad de ningún tipo. Y dado que la URSS no había participado de la Convención de La Haya ni había firmado el Tratado de Ginebra, había que olvidarse del código militar y aplicar una máxima crueldad. Las SS iban atrás del ejército asesinando y deportando gente. Del lado soviético, a los prisioneros alemanes los llevaban a pie hasta Siberia.

— Ya estás por terminarlo— me dijo Celia señalando el libro.
— No, todavía me falta un poco.
— Te gustó escribir sobre la etapa africana de la Segunda Guerra.
— Sí— le dije.
— Entonces, tendrías que hacer un libro sobre Stalingrado también.
Me quedé pensando.

Wednesday, October 12, 2005

diálogo

Oliverio dijo esto sobre la literatura y Llach le respondió esto.

Buenos Aires Blues













Mi vida no tiene sentido sin ti.

Tuesday, October 11, 2005

Performance

Según Llach, este jueves hay performance.

Diario de la mudanza (VI)

Ayer hicimos la mudanza. Mis suegros nos prestaron el auto. No para la mudanza. Para eso le pagamos a una pequeña empresa. El auto nos ayudó, nos hizo las cosas más fáciles. En un primero viaje, llevamos al gato. Estaba asustado. La jaula que iba sobre las piernas de Celia.

— Salió tres veces. La primera vez para que lo vacunaran, después para que le limpiaran los dientes y la última cuando lo castraron.
La tarde estaba nublada y el auto andaba bien. No había mucho tráfico. El semáforo dio el rojo y paré.

— Si te sacan del mundo para, primero, clavarte una aguja, segundo, mandarte al dentista y, tercero, para castrarte, la cuarta vez yo también estaría asustado.
— Parece una abducción extraterrestre.
El gato nos miraba entre las rejas de plástico de la caja y maullaba. Le dije a Celia que íbamos a extrañar el departamento. Me dijo que sí.
— Siempre tendremos Córdoba —agregó.

Cuando volvimos para ayudar a cargar el camión, un mujer nos preguntó en la puerta del edificio si nos mudábamos. Celia le dijo que sí.
— Vos no hagas fuerza, querida— dijo y le tocó panza.
Había canastos llenos de ropa en la vereda, cajas de cartón con los libros, la computadora, el lavarropas, una cantidad increible de porquerías. No hacía falta que nadie les dijera nada. Los tipos de la mudadora eran serios y trabajan bien.
— Cuidado con el lustre de esa mesa— me dijo uno.
Era el escritorio de Celia. Nos sorprendió.
— Prefiero tener que pegarle a mi mujer antes que rayar ese lustre.
“Bueno, nadie puede decir que son descuidados” pensé.

Las cosas llegaron bien. Pero el gato no sea adaptaba. Se había escondido en el baño, atrás del inodoro. No me gusta el caos, las cosas fuera de lugar, la ropa tirada en la cama. No encuentro mi almohada. Las almohadas son algo muy importante. Desde el hombre más rico del mundo al más mísero, todos apoyamos la cabeza en alguna parte cuando nos vamos a dormir. Pero mi almohada no aparece.

La gente de la mudanza se fue y nos quedamos solos y entonces se cortó la luz. Algo hizo corto y de repente estábamos a oscuras. Celia se puso a buscar una velas pero no encontró nada. Así que nos acomodamos en el sillón de tres plazas a esperar que nos viniera el sueño.
— No fue tan duro—dije. Por la ventana entraba la luz gris de la calle.
— Voy a extrañar algunas cosas.
— Supongo que yo también.

Estábamos casandos y hablábamos despacio.
— El tipo dijo que tenías físico para la mudanza.
Celia, riéndose en la oscuridad. Entre las palabras y la risa pasa un siglo, con sus guerras y sus breves momentos de paz.
— Sí, lo escuché—digo yo.
Otro siglo. Otra primera guerra mundial. Otra llegada del hombre a la luna. Otro muro de Berlín que cae y se hace pedazos. Después, le pedí que me rascara la espalda.

Monday, October 10, 2005

Diario de la mudanza (V)

El libro sobre Stalingrado cuenta que en 1939, Alemania y la Unión Soviética firmaron un pacto de no agresión. Los marxistas occidentales no sabían donde esconderse. Sin embargo, Hitler comenzó a prepararse y en 1941 mandó más de tres millones de soldados hacia el este. Los números era increíbles. Tres mil quinientos tanques. Casi dos mil quinientos aviones. Las películas norteramericanas no lo dicen, pero los soviéticos fueron los que llevaron la peor parte. Enfrentaron casi un setenta porciento del ejército alemán.


Fue la famosa Operación Barbarroja de invasión a la Unión Soviética. Hitler pensaba que iba a ser un paseo. Dijo frases famosas como “El mundo contendrá la respiración”, cosa que pasó, por lo menos en esa parte del mundo, y “Derriben la puerta y toda la estructura se viene abajo”, cosa que no pasó. Los tanques alemanes hicieron progresos al principio, pero después se empantanaron y se perdieron. La geografía rusa se los comía. Y cuando llegó el invierno, el asunto se puso todavía peor. Los soviéticos decían que había llegado el General Invierno, con él que no se discute. Todo se congelaba: el agua, el suelo, las armas, los hombres.

El Ejército Rojo sabía que no podía confiar en un pacto con Alemania. Si no se prepararon adecuadamente fue porque Stalin estaba más ocupado fusilando a sus propios oficiales. Un imprentero alemán que era militante comunistas había llevado en secreto al consulado soviético las galeras de un manual para las tropas invasoras. Entre las frases traducidas fonéticamente al ruso se leía: “¡Arriba las manos!”, “¡Ríndase o disparo!” y “¿Es usted comunista?”.

La gente que trabaja en las imprentas por lo general es gente valiente. No sé por qué. Miserables, mugrientos y valientes.

Sunday, October 09, 2005

escondida así nomás


- Te vi, estás atrás de Lucho.

Friday, October 07, 2005

elinterpretador.net

"Son como golosinas tus venas
en mis manos" Inés de Mendonça

Salió el nuevo número de elinterpretador.

Diario de la mudanza (IV)

La ansiedad es el enemigo pero también es el motor. Una duplicidad perfecta. Hay que hacerlo ya. No, hay que pisar la pelota. Siempre depende. Te reclinas un poco para descansar la cabeza, te quedás dormido y Buenos Aires te deja en la banquina. Chau, hasta siempre. Hay que tener reflejos. La ciudad trabaja como las hormigas. Mordidas pequeñas pero constantes. Hoy me llegaron los cuentos y los estuve mirando. Están escritos por alguien que quiere ser escritor sin hacer esfuerzo. El famoso autor que escribe pero no lee. Simplemente no se detiene a leer. Tampoco corrige. Quizás lea el diario. A veces ni siquiera eso. El autor instantáneo. Agregue agua caliente y sientese a esperar. Hay cosas peores.

El libro de Stalingrado, en cambio, resultó excelente. Libros como este fueron los que, hace más de dieciocho años, metieron en mi afiebrada cabecita infantil la idea de que yo tenía que ser escritor. Hay gente que a los doce años prende fuego la escuela o quiere ser futbolistas. Yo quería ser escritor. Cuando le cuente a mi hija que llegué a recibir cartas se va a reír con ganas.

— ¿Así, en papel?— me va a preguntar.
— Sí, en papel— le voy a decir yo—. Y escritas a mano.
— No te creo...
— Y cuando estuve en París las cosas se pagaban con francos.

Cuanta frustración con este asunto de la literatura. Un día, todo está bien, todo marcha. Al otro día, nada es suficiente, nada alcanza un mínimo de calidad. Por favor, ábranme la cabeza y maten las serpientes una por una.

Thursday, October 06, 2005

amor oriental


- ¿Ves? Y yo tengo un rionceronte que me baje de la página de Terranova...
- Sí, chicas, pero yo ya estoy jugado.
- ¡No! Todavía podés ser bueno.
- Lo que pasa es que con el lado oscuro de la fuerza no se jode...
- Puede ser, pero tenés que hacer un esfuerzo.
- Bueno, voy a ver...
- Esa es la actitud.
- ¿Y qué más tenés?
- Nada más.
- Ah...
- Ella tiene una foto del novio.
- Qué bien.
- Pero no te la va a mostrar.
- ¿Por qué?
- Porque le da vergüenza.

Del diario de la mudanza (III)

Hoy me desperté tarde y cansado. No tenía por qué levantarme antes. Prendí la televisión desde la cama y la apagué enseguida. El gato dormía. Celia se había ido a trabajar. No era la mejor manera de empezar el día. “No hay novela en el horizonte” pensé. Si estoy escribiendo tengo un norte. Si no, la corriente me lleva. “Una buena playa con arena y sol” pensé. Sí, necesito eso. Pero eso lo necesito siempre. Me preparé un café. La mitad de la casa estaba en las cajas.
— Lo único que te importa son los libros— me dijo Celia.

No es cierto. Pero lo libros me impotan mucho. Siento que les debo algo y los quiero tener cerca. Ahora estoy sentado en la computadora. Es de noche pero no sé qué hora es. Dejo caer el ancla. Escribo y releo lo que escribo. Aguanto el peso de la corriente dando brazadas profundas. Un esfuerzo más para llegar a la orilla. Un buen libro también sirve. Empecé uno mientras desayunaba. Sobre la batalla de Stalingrado. Pero sonó el teléfono. Un amigo que es arquitecto quería saber cómo estábamos y preguntó por Celia.
— Nos queremos mudar antes de que nazca la nena— le explico.

Cuando corté y entré en la habitación el gato me miró como diciendo: “¿De verdad no vamos?”. A veces me da la sensación de que entiende. Entonces volvió a sonar el teléfono. Era un editor que hace libros por encrago. La gente va con su manuscrito a verlo y él les cobra. No sé si es un oficio honrado, no sé nisiquiera si es un oficio. Supongo que sí. Por mí, que siga adelante.
— Tengo un libro de cuentos.
— Te felicito.
— Son realmente muy malos.
— Suele pasar.
El tipo tiene buen humor. Sabe soportar mi excentricidad.

— Necesito que le hagas un editing.
“Hacer un editing” significa emprolijar, recortar lo que sobra, ajustar los tronillos.
— La autora está apurada por salir...
— ¿Cuántas páginas?
— Ciento veinte páginas.
— ¿Para cuándo?
— Cuanto antes, mejor.
Una verdadera urgencia editorial. Alguien se desangra en la calle.

— Bueno, alguna fecha estimativa tiene que haber.
— Este lunes.
— Te va a salir caro.
— ¿Cuánto?
Los editores son rápidos. Son rápidos para las cuentas mentales, miran rápido, te acarician y se van con otro. Hay que tener cuidado. La práctica te da alguna ventaja. Muy poca, en realidad. A los más tiernos se los comen y escupen los huesos. Si tienen dinero, los hacen pagar. Cultivan el entusiasmo ajeno. Eso no es bueno, pero supongo que ellos les resulta útil. A mí me mordieron un par de veces. La herida no se infectó. En todo caso, el trato que le dan a un “autor” es diferente. Acá, yo estaba sacando las papas del fuego.

— Quinientos — le dije.
— A ver... No sé.
Antes yo ponía el hombro, empujaba por la literatura. Ahora voy a tener una familia. Tengo que pensar con la cabeza, no con el culo.
— Bueno, me llamás.
— No, esperá. Trescientos.
— Cuatrocientos.
— Está bien.

Cuatrocientos por leer ciento veinte páginas de mala literatura. Sigue siendo un buen negocio. Hace un tiempo la editorial que publicó mis libros recibió un mensaje de una editorial grande. Querían leer algo mío. Así que me mandaron los datos y llamé. Primero, no atendía nadie. Después, escuché la voz grabada de una telefonista un par de veces. Al otro día mandé un correo electrónico. Me dijeron que pasara por la editorial. Fui y hablé con una chica de mi edad.

— ¿Por qué no publican a nadie de mi generación?—le pregunté.
— No, no es eso —dijo ella—. Buscamos una buena novela.

Le dejé un trasto de doscientas páginas. Buscamos una buena novela. La impresora había transpirado la camiseta a casi sesenta pesos el recambio de tinta para imprimirla. Dos meses más tarde me dijeron que el libro les había gustado pero que no podían publicarlo porque ya tenían todo contratado. Buscamos una buena novela. Me miré en el espejo. Buscaba alguna pista. No la encontré. Pero el asunto no termina ahí. Cuando intenté recuperar el original no me respondieron. Insistí durante quince días y tampoco hubo suerte. La editoriales son lugares peligrosos. Lo digo en serio. Buscamos una buena novela. A los escritores les empiezan a sudar los pies cuando hablan de las editoriales. Es la condición de la existencia. Dios estirando el dedo para tocar a Adam. Es así. Finalmente, después de insistir un poco más, me dijeron que habían picado mi libro. El mail lo escribía una persona importante, una persona con poder. Y decía: “No sé que decirte”. Leí y releí el mail. Por atrás se escuchaba una risa. Un risa grabada, de programa de televisión.

No mucho más tarde me contraron exactamente para hacer ese trabajo en otra editorial, también multinacional.
—¿Para qué necesitan un escritor?—pregunté— ¿Es una demostración de poder? ¿Hay algún elemento sadomasoquista en el asunto?
Me había llamado una mujer. El mundo editorial está lleno de mujeres. Lleno. Cuidado, no es una denuncia, es una obersavación. Pagaban bien y acepté. Era lo que había quedado de un concurso anual de novela. Pilas y pilas de novelas por duplicado. La editorial hacía el concurso, la gente mandaba el cajón lleno de imaginación, un jurado votaba y no se devolvían los originales. Luego, había que llamar a alguien para que limpiara. La máquina de picar trabajaba rápido. Era eficiente. Convertía en finas tiras de papel gruesas pilas de doscientas páginas. El plástico de las tapas resistía apenas un poco más. Al principio, me daba un poco de vértigo. Era como trabajar en una especie de Auschwitz literario. Yo solamente seguía órdenes.

Pusieron un plazo de dos días, lo que resultaba excesivo desde todo punto de vista. Así que aproveché para leer un poco. Un poco, nada más. Leí los títulos. No recuerdo que ninguno me haya gustado. La mayoría eran títulos largos y pomposos. También leí los principios. Si se podía, avanzaba por la primera página. No sé por qué lo hacía. Aprendí que el primer párrafo vale mucho. Ya lo sabía, pero lo volví a aprender. No se puede disparar al aire. O das en el blanco, o te mandan de cabeza a la picadora. Es una regla clara.

Mientras tanto, leía y destruía. Al mediodía salí a comer. Me convertí en un carnicero. Los párrafos malos me ayudaban a trabajar con más tranquilidad. Después de todo, no había tantos párrafos buenos.

Ahora se está haciendo tarde. Se escuchan cada vez menos ruidos. Alguien se durmió con la televisión prendida. Una vez también fui a una entrevista de trabajo en un diario. Eso fue todavía más interasante que el matadero de novelas inéditas. El que me entrevistaba era un tipo de unos cincuenta años. Jeans celestes y en mangas de camisa. Es posible que usara zapatos náuticos. No recuerdo. Cuando hablaba impulsaba hacia adelante un aire de persona cálida y comprensiva, un verdadero veterano de los medios gráficos. Estoy seguro que sus hijos lo odiaban.

— Me parece que vos no querés ser periodista— me dijo después de hacerme algunas preguntas. Me hubiera gustado decirle: “¿Y entonces? Explíqueme por qué estoy acá”. Pero me quedé callado. Básicamente tenía razón. O, en realidad, creo que nunca llegó a decir la frase. La sentí como si me la transmitiera por telepatía. La cola de los que esperaban afuera era larga. Algunos estaban nerviosos. Creo que fue una suerte que no me llamaran. Me hubiera vuelto loco. Mi viejo siempre me dice: “No vayas donde no te llaman” y yo inevitablemente siempre me quedo pensando. Hay algo dudoso en la frase y también hay algo cierto.


Wednesday, October 05, 2005

Del diario de la mudanza (II)

El gato se llama Bayer y es albino. El nombre se lo puso Celia apenas lo vio. Se lo reglaron para un cumpleaños.
— ¿Por qué ese nombre?
— Era chiquito y blanco como una aspirina.

Me gustaría saber si se da cuenta que nos vamos. Ahora me mira mientras escribo. Hoy me pasé el día en la calle. Cobré dos cheques que tenía pendientes. Eso es algo bueno. Después, en un bar, mientras tomaba algo, me saludó un viejo compañero de la facultad. Era un tipo alto y flaco, con la cara lavaba. Siempre la tuvo así. Hablamos, pero él no se sentó y yo no lo invité a sentarse.

— ¿Y tu vida?— me preguntó.
—Bien, bien.

Lo lamento, no puedo resumir en cinco renglones. El tipo me contó que estaba en una cátedra de la facultad. Mientras hablaba, se iba poniendo incómodo. Me preguntó si conocía al profesor X, al profesor Y. No sé quién más. Le dije que sí y que no. Después se fue. Caminaba como si estuviera adentro de una búrbuja. Lo vi salir. Empujó la puerta del bar y desapareció por la izquierda. Si se hubiera dado vuelta y hubiera vuelto a entrar al bar para arrodillarse y decirme: “Sufro, sufro mucho, por favor, necesito algo que me saque de este sufrimiento”. Bueno, es toda una escena. Me hubiera sorprendido. Pero no tanto.

—Y sí, viejo —podría haber dicho— ¿qué querés? Yo me estoy mudando.
Por lo menos, le estaría diciendo la verdad.

Tuesday, October 04, 2005

Fragmento del Diario de la mudanza

Ya no vamos a poder decir que vivimos en pleno centro. Se acabó el departamento de Córdoba y San Martín.
— Cordoba y San Martín, ¿en esa esquina no está el Café Orleans?
Es un lugar de putas. Siempre hay alguien que lo conoce. De noche, cierran las ventanas con cortinas. Ahora estoy sin trabajo. Es la misma historia de siempre. Cuando tengo trabajo, me dedico a pensar que tendría que estar escribiendo. Siento desperdicio horas y horas buscando poniendo una coma para otros. “Mis obras maestras —pienso—. Tendría que estar escribiendo algo para mí.”

Cuando no tengo trabajo soy un fracasado, un inútil. Una voz en la cabeza me pregunta qué le voy a dar de comer a mi hija. Ese tipo de cosas. Igual, en esta situación no podría trabajar. Todos los libros en cajas. Se agarra una caja de cartón, se llena de libros, se cierra con cinta de embalar. Los libros desaparecen. Hoy apilé un par de cajas para que no ocuparan tanto lugar. Celia no puede hacer fuerza. Me contó que cuando se mudó a este departamento no tenía placard y colgaba la ropa en una escalera de madera. Las bibliotecas se van quedando vacías, como una boca sin dientes.

Me gustar dormir con Celia. Me cuesta dormir solo. Hace unos tres años viajé a Río de Janeiro y estuve parando en un hotel barato de Catete. No había caso. No podía dormir. Me levantaba y desayunaba a las cinco de la mañana. Desayunaba café con leche, tostadas y mangos en un comedor vacío y a medio iluminar. Después, me quedaba dormido en la playa. Había ido con una beca para estudiar ya no me acuerdo qué. Cosas aburridas. Me la pasé comprando libros y de juerga. Pero no podía dormir. En un restaurante del Morro Santa Teresa señalé una lagartija que caminaba por la pared. Un hombre atrás de la barra sonrió cuando la vio. Tengo algunos amigos en Río. Es una buena ciudad. Es la ciudad que Celia quiere para cuando seamos viejos.
— Acá, un invierno húmedo y listo — me dijo una vez.

El invierno es un viejo feo. Pero yo me llevo bien con el invierno. Con el verano también. No tengo problema. Con otros me llevo mal. Con ellos no. Últimos días en el departamento de Córdoba y San Martín. Y nunca puede con esa descripción del microcentro, con esos personajes. Lo tengo en el debe. Un sachet de leche vacío en el asfalto, los sex-shops y el neón rosa, las casas de cambio, los kioscos de diarios y revistas de Florida. Quizás ahora que me voy pueda escribir algo. Otras vez revolviendo cajones. Esta vez encuentro la foto de una ex novia en el programa de mano de una obra de teatro. Aparece desnuda. Quería ser escritora y terminó desnuda en el programa de mano de una obra de teatro. Los caminos del arte en Buenos Aires.

Sunday, October 02, 2005

Fragmento de un diario

Las cosas simples son mágicas. Hay que ser laborioso sí, pero el trabajo consiste en sacar material, alivianar. Las cosas que fluyen me predisponen bien. Es como ver correr un río cristalino desde arriba de un puente. El agua es fuerte y llena de vida. No hace falta una gran velocidad. El vértigo tampoco es bueno. Pero tiene que fluir. Dios mío, hay que dejar que fluya. No te demores más de un minuto. Abandonen la sobrecarga, lleven lo indispensable, quizás incluso un poco menos. Miren a los chinos. El pincel puede ahorrarse trabajo a sí mismo. Los chinos no existen. Pero si nos demoramos, todo lo demás se diluye y pierde fuerza. La rueda de la vida gira siempre a la misma velocidad, no se apura pero nunca se detiene.

A propósito, hoy me llamó un amigo. No es un amigo en realidad. Yo necesitaba sentarme a escribir. Es el principio de una novela. Tengo que afilar las puntas de mis clavos antes de empezar a trabajar. Necesito ver qué pasa.

— ¿Pero tan importante es?
— Sí, es importante—le digo.
No le debo ningún favor.
— Tengo que pasar, es apenas un minuto.

Yo no quería que venga. Pero no podía hacer nada por evitarlo. Arreglamos a las ocho y media. Entonces se cortó la luz. Una vez más. Lo llamé y le expliqué la situación. Aceptó a regañadientes. Era la excusa perfecta. Quedamos en vernos más adelante pero sin fecha. A las ocho y media, sin embargo, sonó el timbre. Era él.

— No importa si no hay luz—me dijo.
Lo hice pasar, acomodé algunos trastos y después puse la pava al fuego para calentar un poco de agua. El tipo este se sentó y empezó a hablar.
— Tengo un amigo que tiene un amigo en una productora de televisión.
Dijo el nombre de una productora importante, muy conocida.
— Queremos llevarle una idea, un programa sobre tango.
— Ahá.
— ¿Cómo estás con el guión?
— ¿Con el guión de qué?

Hablaba muy serio.
Pero era como si un reloj se diera cuerda a sí mismo.
— ¿Podés escribir un guión?
— ¿Sobre tango?
— Sí, lo quiero hacer por el circuito.
Estaba convencido de lo que decía. En realidad, lo que quería era ser parte de algo. Ganar sin hacer esfuerzo. Un amigo de un amigo tiene algo. Vamos a sacárselo. Yo conozco un escritor. Es un imbécil, pero puede servir.

— No creo que el tango necesite estar en televisión—le dije.
— Yo pienso más allá, no es por mí—dijo y volvió a repetir—. No lo hago por mí, lo hago por el circuito.
No me escuchaba. Tenía ganas de decirle que se buscara un trabajo.
— Cuando el proyecto esté listo, lo presentamos y hacemos un piloto.

Entonces me di cuenta de que me tenía que poner fuerte. Le dije que yo nunca había escrito un guión de nada en mi vida y no lo iba a hacer a menos que hubiera un contrato y dinero de por medio. Ahí sí entendió. El agua hervía en la pava. Cuando por fin se fue, yo ya había perdido el día. A veces pasa. Traté de leer algo pero no pude. Entré en el baño y el piso estaba lleno de hormigas. Habían hecho un camino hasta la comida del gato. Traté de pisarlas pero era imposible. La cosa no avanzaba. Levanté un diario viejo que había dejado Celia en el videt. El diario estaba lleno de hormigas. Es posible que incluso se lo estuvieran comiendo.

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